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De una " breve excursión" a una guerra sin salida: ¿Ha perdido Washington su apuesta por doblegar a Teherán?

• Aug 30, 2026, 6:01 AM
29 min de lecture
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Han pasado seis meses desde que la guerra estalló con un ataque sorpresa de las fuerzas estadounidenses e israelíes contra Irán el 28 de febrero, acompañada de promesas de zanjarla en cuestión de semanas. Pero el enfrentamiento se amplió rápidamente, cambió de intensidad y de rumbo y se transformó de una ofensiva relámpago en un conflicto de desgaste en el que se entrecruzan golpes esporádicos, bloqueo marítimo y presión económica, en una guerra que se ha prolongado mucho más de lo previsto.

Irán sufrió golpes duros que alcanzaron a su dirigencia y a sus instalaciones militares y nucleares, y respondió atacando bases y buques y perturbando la navegación en el estrecho de Ormuz. Washington, por su parte, se vio atrapado en una guerra que desgasta a sus soldados y sus arsenales y lastra la popularidad del presidente estadounidense Donald Trump, mientras sus repercusiones se extendían a las economías, la seguridad y las alianzas de toda la región.

Seis meses después, Irán sale de la contienda cargado de pérdidas materiales y humanas, pero el régimen no se ha rendido como reclamó el presidente estadounidense al inicio de la campaña. A su vez, Estados Unidos no ha logrado traducir su superioridad militar en un resultado político concluyente. ¿Qué queda entonces de los objetivos de la guerra, pueden las sanciones obtener lo que no consiguieron los bombardeos o ha entrado la región en una confrontación que podría prolongarse durante años?

Las promesas de una victoria rápida desembocan en un callejón sin salida

La guerra arrancó con la premisa de que la combinación de presión militar y económica obligaría a Irán a rendirse o abriría paso a un cambio de liderazgo. Trump describió la operación como "una breve excursión", mientras que el ministro de guerra, Pete Hegseth, declaró en abril que la misión estaba cumplida y presentó la campaña como una victoria abrumadora de Estados Unidos.

Sin embargo, los combates no se detuvieron. Aunque un memorando de entendimiento alcanzado en junio con mediación de Pakistán redujo la intensidad del choque, Washington y Teherán siguieron intercambiando ataques y acusaciones de violar el acuerdo, sin que se pusieran en marcha negociaciones serias.

Trump afirmó más tarde que no tenía "prisa" por poner fin a la guerra y que no estaba sujeto a ningún calendario, mientras que el ministro de Exteriores, Marco Rubio, trasladó a los aliados de Washington que no era probable lanzar nuevos ataques estadounidenses "por el momento". Este giro refleja el abandono del discurso sobre una victoria inminente y el paso a la gestión de un conflicto para el que ni Washington ni Teherán tienen una visión clara de cómo termina.

Stephen Cook, investigador especializado en Oriente Medio en el centro de estudios Council on Foreign Relations estadounidense, considera que Trump se equivocó al no prever la disposición de Irán a resistir el poder militar estadounidense. A su juicio, la paralización del tráfico marítimo en Ormuz y la vulnerabilidad continuada de los aliados de Washington frente a los ataques suponen dos reveses estratégicos para Estados Unidos.

El presidente iraní Masud Pezeshkian muestra un memorando de entendimiento firmado con el presidente estadounidense Donald Trump, en Teherán, Irán, a primera hora del jueves 18 de junio de 2026.
El presidente iraní Masud Pezeshkian muestra un memorando de entendimiento firmado con el presidente estadounidense Donald Trump, en Teherán, Irán, a primera hora del jueves 18 de junio de 2026. Iranian Presidency Office via AP/Iranian Presidency Office via AP

Irán pierde mucho, pero no pierde la guerra

Los ataques estadounidenses e israelíes causaron daños extensos a la capacidad militar iraní. El comandante de las fuerzas estadounidenses en Oriente Medio, el almirante Brad Cooper, afirmó que Washington había destruido 161 unidades navales iraníes y desactivado el 82% de los sistemas de defensa aérea del país.

También resultaron dañadas tres instalaciones conocidas de enriquecimiento de uranio, además de emplazamientos militares e industriales, centrales eléctricas e instalaciones de producción de gas. Los bombardeos mataron a altos mandos y a científicos nucleares y prácticamente paralizaron la actividad de la fuerza aérea iraní.

Pero el alcance de la destrucción no bastó para anular la capacidad de combate de Teherán. La República Islámica conservó misiles y drones y atacó buques e instalaciones estadounidenses, así como bases en Baréin, Kuwait, Jordania e Irak.

Estados Unidos solo pudo confirmar la destrucción de alrededor de un tercio del arsenal de misiles iraní, según un informe anterior de Reuters. El destino de buena parte de los misiles restantes sigue siendo incierto, especialmente los almacenados en túneles y refugios.

El exjefe del Comando Central estadounidense, el general retirado Joseph Votel, sostiene que Teherán afronta la guerra como una batalla existencial, por lo que emplea todos los medios a su alcance para prolongarla.

Y añade: "La estrategia de Irán consiste en ampliar la guerra en el tiempo y en el espacio y, francamente, lo ha conseguido".

Así, Irán ha salido de la primera fase del conflicto más débil en términos militares y económicos, pero mantiene la capacidad de causar daño a sus adversarios y de impedir que impongan sus condiciones.

Una pequeña embarcación navega junto a buques de carga y otros barcos comerciales fondeados en el estrecho de Ormuz frente al puerto iraní de Bandar Abbas, el miércoles 5 de agosto de 2026.
Una pequeña embarcación navega junto a buques de carga y otros barcos comerciales fondeados en el estrecho de Ormuz frente al puerto iraní de Bandar Abbas, el miércoles 5 de agosto de 2026. Amirhosein Khorgooi/AP Photo/Amirhosein Khorgooi

Ormuz cambia el equilibrio de la guerra

La respuesta iraní más determinante llegó desde el mar. Teherán cerró el tráfico comercial a través del estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca de una quinta parte de los suministros energéticos mundiales, y Washington reaccionó imponiendo un bloqueo a los puertos iraníes del golfo.

El movimiento de buques se redujo a una fracción de los niveles anteriores a la guerra, lo que disparó los precios del petróleo y el gas y los costes de transporte y seguros y desorganizó las cadenas de suministro.

El cierre perjudicó al propio Irán, al privarlo de una parte importante de sus exportaciones de crudo en un momento en que necesita cualquier recurso financiero disponible. Pero también le proporcionó un instrumento de presión internacional y trasladó la guerra de un enfrentamiento militar desigual a una crisis económica que alcanza a sus adversarios y a sus aliados.

La crisis se agravó con los ataques de su aliado, el movimiento Ansar Allah, los hutíes, contra la navegación en el mar Rojo y su anuncio de un bloqueo a los buques vinculados con Arabia Saudí. Así, las rutas de exportación de energía y de comercio del Golfo quedaron amenazadas por Ormuz en el este y por Bab el Mandeb en el oeste.

Bajas en las filas del Ejército estadounidense

Con el paso del tiempo, el coste de la guerra empezó a sentirse dentro de las fuerzas armadas estadounidenses. Han muerto 18 militares y más de 750 han resultado heridos, y el Ejército ha perdido aviones y drones por fuego iraní o en accidentes.

La preocupación mayor tiene que ver con las reservas de munición. Las fuerzas estadounidenses han disparado más de mil misiles interceptores del sistema Patriot, más de 200 misiles THAAD y no menos de mil misiles "Tomahawk".

Estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales señalan que Washington ha consumido alrededor de la mitad de su reserva de misiles Patriot, cerca de dos tercios de los THAAD y en torno a un tercio de los "Tomahawk". La fabricación de algunos de estos misiles y su incorporación al servicio puede tardar cerca de dos años.

Estados Unidos se ha visto además obligado a trasladar cazas, buques y otros activos militares desde Europa y la región de Asia-Pacífico hacia Oriente Medio, lo que plantea dudas sobre su preparación para afrontar otras crisis.

Los portaaviones estadounidenses han encadenado despliegues inusualmente largos en el mar, en medio de quejas por retrasos en el suministro, mala calidad de la comida y presión constante sobre sus tripulaciones.

Los ataques iraníes han puesto de manifiesto además la debilidad de las fortificaciones de varias bases estadounidenses, construidas durante las guerras de Irak y Afganistán para resistir morteros y asaltos terrestres, no oleadas de misiles y drones.

Seis soldados estadounidenses murieron en las primeras horas de la guerra dentro de un centro de mando en Kuwait que no estaba suficientemente protegido por la parte superior. También resultaron dañadas instalaciones logísticas clave, especialmente en Baréin, lo que obligó a las fuerzas a apoyarse en bases más lejanas como la de Diego Garcia, en el océano Índico.

En esta imagen, un helicóptero modelo
En esta imagen, un helicóptero modelo AP/AP

El callejón sin salida de Trump dentro y fuera de Estados Unidos

La guerra coloca a la Administración Trump ante dos opciones igualmente difíciles. Retirarse sin lograr los objetivos anunciados permitiría a Irán presentar el desenlace como una victoria y debilitaría la confianza de los aliados de Washington en su capacidad de protegerlos.

Seguir en el conflicto implica más muertos, más gasto y un mayor agotamiento de los arsenales, sin garantía de que la continuación de los combates conduzca a un resultado mejor.

Jennifer Kavanagh, directora de análisis militar en el centro Defense Priorities, afirma que una retirada de Estados Unidos mostraría que entró en la guerra, empeoró la situación y luego fue incapaz de arreglarla. "Todas las opciones son malas porque Estados Unidos ha sufrido una derrota estratégica", añadió.

El callejón sin salida se complica aún más por la caída del apoyo popular. La aprobación de Trump ha bajado del 40% al 33% desde el inicio de la guerra, según encuestas de Reuters/Ipsos, mientras que solo el 31% de los estadounidenses respalda el conflicto.

El aumento del precio de los combustibles ha contribuido además a socavar la promesa electoral de Trump de reducir el coste de la vida, antes de unas elecciones de mitad de mandato que los republicanos afrontan con una exigua mayoría en ambas cámaras del Congreso.

La guerra también ha profundizado las divisiones dentro del Partido Republicano entre un sector aislacionista que quiere ponerle fin cuanto antes y parlamentarios que reclaman mantener la presión militar hasta doblegar a Teherán.

El programa nuclear, un retraso que no elimina el riesgo

Los ataques han tenido un efecto claro sobre el expediente nuclear: han causado daños graves en las instalaciones de enriquecimiento y en emplazamientos sospechosos de albergar investigaciones militares, y han matado a varios científicos destacados.

La inteligencia estadounidense estima que el "tiempo de ruptura nuclear", es decir, el periodo necesario para producir suficiente material fisible para fabricar una bomba, ha aumentado hasta alrededor de un año, frente a los seis meses previos a la guerra.

Pero la situación real del programa sigue siendo desconocida, ya que los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica no han regresado a los emplazamientos iraníes. La agencia tampoco ha podido localizar unos 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60% desde los ataques de 2025.

Esa cantidad podría ser enriquecida hasta el nivel de uso militar en una instalación secreta, pese a la negación reiterada de Teherán de que busque fabricar un arma nuclear.

El desenlace encierra una paradoja peligrosa: la guerra puede haber retrasado la capacidad de Irán para producir un arma nuclear, pero también puede haber reforzado en su liderazgo la convicción de que poseerla es la única forma de evitar nuevos ataques.

La propia Administración estadounidense ha quedado atrapada en una contradicción, pues tras proclamar Hegseth que los ataques de 2025 habían asestado "el golpe definitivo" al programa, Washington ha recurrido a la persistencia de esa amenaza como uno de los principales argumentos para la guerra actual.

Las sanciones en lugar de las bombas

Ante la disminución de las posibilidades de que Irán haga concesiones en el plano militar, Washington ha pasado a una nueva fase de presión económica.

La Administración Trump ha puesto en marcha la operación "Paria económico" y promete librar "una guerra económica y un aislamiento a una escala sin precedentes". La campaña apunta a los sectores del petróleo, el oro, la tecnología y el transporte marítimo, además de a las redes financieras y a la "flota en la sombra" que Teherán utiliza para esquivar las sanciones.

Washington también ha amenazado con medidas económicas a los países que siguen comerciando con Irán, sin precisar su naturaleza. Pekín parece el principal destinatario de estos avisos, ya que, según las estimaciones, recibe alrededor del 90% de las exportaciones de petróleo iraní.

China ha rechazado lo que califica de "sanciones unilaterales ilegales", mientras que Emiratos Árabes Unidos ha anunciado que cortará sus relaciones comerciales y financieras con Irán a raíz de los ataques sufridos.

Washington confía en que estrangular las fuentes de ingresos de Teherán lo empuje hacia la negociación. Sin embargo, Irán ha vivido muchos años bajo sanciones y ha desarrollado redes para adaptarse y sortearlas, de modo que un colapso rápido está lejos de estar garantizado.

Unas mujeres caminan junto a un retrato del difunto líder supremo iraní en una acera del centro de Teherán, la capital iraní, el jueves 20 de agosto de 2026.
Unas mujeres caminan junto a un retrato del difunto líder supremo iraní en una acera del centro de Teherán, la capital iraní, el jueves 20 de agosto de 2026. Vahid Salemi/Copyright 2026 The AP. All rights reserved

Los iraníes frente a dos guerras

La población iraní libra una guerra contra el exterior y otra diaria contra la inflación, el desempleo, la escasez de combustible y los cortes de electricidad. Los bombardeos y el bloqueo han dañado instalaciones industriales y rutas comerciales y han provocado la pérdida de empleos, mientras la moneda se ha hundido hasta un mínimo histórico. La inflación de los alimentos alcanzó el 128% interanual en julio y la inflación general llegó al 84% en agosto.

El Fondo Monetario Internacional prevé que la economía iraní se contraiga un 5,4% en 2026 si persisten los efectos del conflicto.

El presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Qalibaf, ha reconocido la gravedad de la situación y afirmó: "Por muy fuerte que sea nuestro poder militar, no resistiremos si la gente pasa hambre y no tenemos circuito financiero, crecimiento económico ni producción nacional".

No obstante, el sufrimiento de la población no ha debilitado hasta ahora el control del régimen. La guerra ha contribuido a relegar las disputas políticas y ha dado a las autoridades un pretexto para endurecer las medidas de seguridad.

Miles de iraníes han sido detenidos bajo acusaciones de espionaje o de colaboración con Estados Unidos e Israel. Se ha ampliado el abanico de delitos vinculados a la seguridad nacional y ha crecido el número de conductas que pueden llevar a la pena de muerte.

El alto comisionado de la ONU para los derechos humanos, Volker Türk, indicó que al menos 56 personas han sido ejecutadas desde marzo por cargos relacionados con la seguridad nacional, entre ellas 27 vinculadas a las protestas que sacuden el país persa desde hace meses.

Al mismo tiempo, ha aumentado la influencia de los Guardianes de la Revolución dentro del poder. El nombramiento de su antiguo comandante, Mohsen Rezaei, como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional ha alimentado la impresión de que Teherán se prepara para un conflicto prolongado.

Rezaei condicionó la reapertura de Ormuz a la retirada de las fuerzas estadounidenses estacionadas cerca de Irán, al levantamiento del bloqueo marítimo, a la liberación de los activos congelados y al fin de los conflictos en Gaza, Irak, Líbano y Yemen "para siempre", exigencias que convierten cualquier acuerdo próximo en algo extremadamente difícil.

Los países del Golfo recalculan sus estrategias

Por otra parte, la guerra ha golpeado a los países del Golfo en el corazón de sus planes económicos. Estas naciones utilizaban los ingresos energéticos para diversificar sus economías y atraer inversiones, aprovechando su imagen de entorno relativamente seguro en una región convulsa.

Pero los ataques iraníes, la paralización de Ormuz y los riesgos en el mar Rojo han erosionado esa imagen. Aunque los precios del petróleo han subido, los países productores no han podido aprovecharlos plenamente debido a las dificultades para exportar, en un contexto de aumento de los costes de transporte, de los seguros y de la inflación.

Bases e instalaciones estadounidenses situadas en países árabes también han sido objeto de ataques, lo que ha suscitado dudas sobre el valor de las garantías de seguridad de Estados Unidos y ha llevado a los gobiernos de la región a aumentar su gasto militar y diversificar sus alianzas.

El acuerdo de defensa firmado por Turquía, Pakistán y Arabia Saudí en La Meca es un indicador de este cambio. Sanam Vakil, directora del programa de Oriente Medio y Norte de África en el centro británico Chatham House' considera que la guerra ha acelerado una tendencia ya existente hacia la construcción de relaciones defensivas que no dependan por completo de Washington.

Turquía parece beneficiarse en ambos escenarios: la disminución de la influencia estadounidense refuerza su papel como potencia regional de equilibrio, y una derrota o un debilitamiento de Irán recorta el peso de un rival histórico y abre nuevas oportunidades para Ankara.

La influencia de Irán retrocede

En otro frente, la guerra ha puesto bajo creciente presión a los grupos aliados de Irán. En Gaza, Hamás ha aceptado un plan para entregar sus armas por fases, aunque persiste el desacuerdo sobre el calendario y sobre su vinculación a la retirada israelí.

En Irak, el Gobierno intenta integrar a las facciones armadas en las fuerzas oficiales o desarmarlas, pero las más próximas a Teherán se niegan a renunciar a su autonomía.

En Líbano, el Ejército ha ampliado su despliegue en zonas que estaban bajo la influencia de Hezbolá y el Gobierno ha prohibido la actividad militar del grupo. Pero Hezbolá se niega a desarmarse antes de la retirada israelí y de acordar una estrategia de defensa nacional, mientras Tel Aviv insiste en que el grupo debe empezar por entregar sus armas.

Los hutíes, por su parte, han mantenido su capacidad militar y han reanudado sus ataques contra Arabia Saudí y contra la navegación en el mar Rojo, lo que confirma que la red regional de Teherán ha sufrido daños pero no se ha desmoronado.

Paralelamente, la guerra ha abierto un espacio frágil para que las autoridades en Líbano y el Gobierno transitorio en Siria recuperen margen de decisión al margen de la influencia de Teherán. Pero la continuidad de los ataques israelíes, de la presencia militar y de las zonas de exclusión amenaza con convertir este retroceso iraní en un nuevo vacío de seguridad en lugar de conducir a la estabilidad.

Medio año después, no hay vencedor

En definitiva, la guerra ha cambiado Irán y la región, pero no ha resuelto el conflicto. Estados Unidos e Israel han debilitado las capacidades militares y nucleares iraníes, pero no han podido imponer la rendición, reabrir Ormuz ni poner fin a la amenaza de misiles.

El régimen de Teherán ha logrado mantenerse, prolongar la confrontación, infligir daños a las fuerzas estadounidenses y desestabilizar la economía global, pero Irán ha pagado un precio enorme en vidas humanas, en su economía y en sus infraestructuras.

Washington confía ahora en las sanciones tras comprobar que la fuerza militar no basta para alcanzar un desenlace definitivo, mientras Teherán apuesta a que el tiempo y el aumento del coste obliguen a sus adversarios a retroceder.

Entre ambas apuestas, iraníes, habitantes del Golfo y pueblos de toda la región soportan las consecuencias de una guerra para la que ninguna parte tiene un plan claro de salida. Medio año después, Teherán no ha caído y Washington no ha ganado, pero Oriente Medio es hoy un lugar más inquieto y menos convencido de que el final esté cerca.


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