El rechazo de Islandia a negociar la adhesión asesta un duro golpe a la ampliación de la UE
Islandia ha rechazado la reanudación de las negociaciones para su adhesión a la Unión Europea, y el golpe es duro. Por un estrecho margen del 52,8% frente al 47,2%, los votantes islandeses rechazaron la idea de reiniciar el proceso de adhesión, suspendido en 2013.
Si bien el referéndum no fue una votación directa sobre la pertenencia a la UE, los islandeses han cerrado la puerta, al menos en un futuro próximo, privando al bloque de un prometedor miembro potencial con un camino relativamente fácil hacia la adhesión.
Y aunque Islandia ya está profundamente integrada en la UE a través del Espacio Económico Europeo y el espacio Schengen, la decisión de no reiniciar las conversaciones llega en un momento delicado para el bloque.
Bruselas intenta urgentemente proyectar fortaleza estratégica en la región ártica frente a una administración estadounidense beligerante, mientras que su estrategia de ampliación tiene dificultades para ofrecer resultados tangibles en Europa del Este.
La pesca pesó más que las amenazas de Trump
Una primera lectura del ajustado resultado sugiere que la firmeza del presidente estadounidense Donald Trump respecto a la región ártica no ha acercado a Islandia a la UE.
Su reiterado interés en adquirir Groenlandia —y sus declaraciones que en ocasiones han desdibujado la distinción entre el territorio danés e Islandia— han subrayado la creciente importancia de una región crucial para el equilibrio de poder mundial.
La posición estratégica de Islandia en el Atlántico Norte ha adquirido, por lo tanto, una nueva relevancia. Para los partidarios de la adhesión a la UE, la postura estadounidense reforzó el argumento de que el país estaría más seguro dentro de la Unión.
El rechazo podría significar que, para la mayoría de la población de la isla, esos argumentos aún no eran lo suficientemente sólidos como para superar las preocupaciones sobre la soberanía y el control nacional.
La campaña estuvo dominada, en cambio, por las divisiones habituales que han marcado el debate islandés sobre la adhesión a la UE: el control de la pesca y la agricultura, la soberanía y el modelo económico del país.
La perspectiva de negociar la gestión del sector pesquero en el marco de la Política Pesquera Común de la UE ha asustado a los islandeses más que las reivindicaciones de Trump sobre la vecina Groenlandia.
Los partidarios del 'No' también se han apoyado en las advertencias de que otorgar a Bruselas una mayor influencia en la política económica supondría una pérdida de autonomía nacional.
Los promotores de las negociaciones no lograron convencer a la opinión pública de que los beneficios de la plena integración política compensarían la pérdida de autonomía que implicaría la adhesión, en parte debido al escaso apoyo de la coalición gobernante.
La primera ministra Kristrún Frostadóttir ha descrito el referéndum principalmente como una oportunidad para decidir conjuntamente el futuro del país, señalando con cautela que es imposible saber si los beneficios superan los inconvenientes antes de negociar los términos de la adhesión.
Un revés para el mensaje de ampliación de Europa
Para Bruselas, el simbolismo político de la votación es aún peor. La UE ha intentado revitalizar la ampliación como proyecto estratégico, especialmente desde la invasión rusa a gran escala de Ucrania, acelerando el proceso para Ucrania y Moldavia y manteniendo la cercanía con los países de los Balcanes Occidentales mediante inversiones y alianzas.
La incorporación de Islandia, una democracia estable alineada con las normas de la UE, al grupo de países candidatos habría ofrecido una perspectiva novedosa sobre la estrategia de ampliación, demostrando que la pertenencia sigue siendo atractiva para los países ricos y que la UE puede expandirse en cualquier dirección.
En cambio, lo que podría haber sido un éxito rotundo se ha convertido en un revés para la reputación de Bruselas: incluso un país estrechamente alineado puede considerar la adhesión como un paso demasiado arriesgado.
La derrota en el referéndum inevitablemente reaviva el recuerdo de algunos de los encuentros más dolorosos de la UE con las votaciones populares, tanto dentro como fuera del bloque.
En 2005, los votantes franceses y neerlandeses rechazaron el Tratado Constitucional propuesto, asestando un duro golpe al intento de la UE de dotar a su proyecto político de una ley fundamental.
Irlanda volvió a poner de manifiesto los riesgos políticos de los referendos al rechazar el Tratado de Lisboa -que sustituyó a la Constitución Europea- en 2008, antes de aprobarlo en una segunda votación al año siguiente.
El precedente más cercano al rechazo de Islandia es la decisión de Noruega de rechazar la adhesión a la UE en dos ocasiones, en 1972 y 1994. En ambos casos, la preocupación por la soberanía y el control de los recursos naturales -en particular la pesca- desempeñó un papel fundamental, algo que también podría aplicarse a los votantes islandeses.
Del mismo modo, Suiza ha rechazado repetidamente formas más profundas de integración europea, como la pertenencia al Espacio Económico Europeo, al tiempo que mantiene amplios vínculos económicos con el mercado único en un contexto específico.
Como en los casos anteriores, este 'No' a la reapertura de las negociaciones de adhesión no significa necesariamente que los islandeses sean antieuropeos, ni perjudicará la relación del país con la UE. Pero puede servir como un recordatorio indeseado para los europeos de que, cuanto más incierto se vuelve el mundo,
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